Hace unas semanas abrí el armario de mi abuela.
Entre varias camisas perfectamente dobladas encontré una chaqueta de lino que llevaba más de cuarenta años con ella. El tejido seguía teniendo cuerpo. Las costuras permanecían intactas. Los botones mostraban no se veían ni desgastados. Aún me pareció más bonito cuando me dijo que lo había diseñado y cosido ella misma.
¿Cómo es posible que una prenda sobreviva cuarenta años cuando muchas de las que compramos hoy apenas duran tres (siendo muy optimistas)?
La industria de la moda produce hoy entre 100.000 y 150.000 millones de prendas cada año, una cifra que prácticamente duplica la de comienzos de siglo. Sin embargo, según la Fundación Ellen MacArthur, utilizamos cada prenda aproximadamente un 36 % menos que hace apenas quince años. Nunca habíamos tenido tanta ropa y, paradójicamente, nunca había permanecido tan poco tiempo en nuestros armarios.
Cuando una prenda deja de durar solemos culpar a la lavadora, al detergente o al uso. Pero la realidad es que la mayoría de las veces su destino quedó decidido mucho antes de que llegara a nuestras manos.
PRIMERO: Todo empieza en el tejido.
No todos los algodones son iguales. El algodón de fibra larga, utilizado por algunas de las mejores casas textiles del mundo, resiste mejor el paso del tiempo, forma menos bolitas y conserva su estructura lavado tras lavado. Lo mismo ocurre con un buen lino europeo o una lana merina de calidad: lejos de deteriorarse, adquieren carácter con los años.
SEGUNDO: Después llega la confección.
Existe un pequeño truco que utilizan muchos sastres para reconocer una buena prenda sin mirar la etiqueta. Darle la vuelta.
El interior cuenta una historia completamente distinta. Costuras limpias, márgenes suficientes para futuras reparaciones, refuerzos en las zonas de mayor tensión y acabados que probablemente nadie verá nunca. Es ahí donde se descubre cuánto tiempo esperaba el fabricante que esa prenda permaneciera contigo.
No es casualidad que firmas como Hermès sigan reparando bolsos fabricados hace décadas o que Barbour continúe reencerando chaquetas con más de cincuenta años de uso. Me gusta porque diseñan objetos pensando en que algún día necesitarán una segunda vida.
Quizá esa sea una de las mayores diferencias entre una prenda de calidad y una prenda de lujo.
La primera está bien hecha. La segunda está pensada para seguir existiendo dentro de veinte años.
En Pole Pole hablamos muchas veces de lujo consciente, pero rara vez lo asociamos con el precio. Para nosotros tiene mucho más que ver con el tiempo. Con el tiempo que necesita una artesana para dominar un oficio. Con el tiempo que requiere elegir el tejido adecuado en lugar del más barato. Con el tiempo que hace falta para confeccionar una pieza sin prisas.
Y quizá esa sea la verdadera definición del lujo. No es aquello que cuesta más, sino aquello que merece permanecer.
Para terminar te invito a reflexionar sobre esta pregunta:
¿Cuántas de las prendas que compras hoy crees que acompañarán algún día a la persona que serás dentro de veinte años?
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En la foto, Käte, la oma (abuela) de Georg, el co-foundador de Pole Pole.