Hubo un tiempo —y no hace tanto— en el que los domingos tenían una velocidad distinta. La sobremesa se alargaba aunque el café llevara una hora frío, alguien sacaba una baraja de cartas, otro desaparecía para echar la siesta y nadie sentía la necesidad de justificar que estaba "perdiendo el tiempo". De hecho, esa expresión apenas existía. El tiempo no se perdía; simplemente pasaba. Hoy resulta casi imposible imaginar una sobremesa de tres horas sin que alguien saque el móvil para comprobar un correo que, curiosamente, tampoco era tan urgente. Parece que incluso el descanso necesita demostrar que sigue siendo productivo.
Vivimos en una época donde nunca habíamos tenido tanta tecnología diseñada para ahorrarnos tiempo y, sin embargo, nunca habíamos repetido tanto esa frase de "no me da la vida".
Resulta difícil no encontrar cierta ironía. Automatizamos correos, compramos con un clic, pedimos comida en diez minutos y escuchamos los mensajes de voz al doble de velocidad. Después pagamos por un retiro de mindfulness para aprender a bajar el ritmo durante un fin de semana. El lunes volvemos a correr, convencidos de que esta vez sí encontraremos el equilibrio. Nunca lo hacemos.
Nos gusta pensar que vivimos más rápido porque somos más eficientes. Quizá sea al revés. Quizá necesitamos ser cada vez más eficientes porque hemos aceptado una velocidad que ya nadie cuestiona. Hemos normalizado responder mensajes mientras caminamos, comer delante del ordenador y medir el éxito de una jornada por la cantidad de tareas tachadas de una lista. Resulta curioso que una sociedad capaz de inventar la sobremesa haya terminado sintiéndose culpable por disfrutar de ella.
La moda no inventó esa lógica, pero probablemente ha sabido explotarla mejor que nadie.
Nos ha enseñado que vestir bien consiste, sobre todo, en llevar la última tendencia antes que nadie.
Y aquí está la trampa. Si consigues convencer a alguien de que siempre llega tarde, seguirá comprando indefinidamente. No porque necesite una camisa nueva, sino porque necesita recuperar la sensación de ir al día.
Quizá por eso hemos acabado pronunciando una de las frases más absurdas de nuestro tiempo: "No tengo nada que ponerme."
La decimos después de haber recibido otro paquete de Zara hace apenas unas semanas.
El resultado lógico de una industria que lleva años entrenándonos para mirar las prendas con fecha de caducidad. Ya no preguntamos cuánto tiempo nos acompañará una chaqueta. Preguntamos cuánto tiempo seguirá estando de moda. Y son preguntas muy distintas.
Nuestros abuelos jamás hablaron de slow fashion. Tampoco de quiet luxury. Ni de consumo consciente. Probablemente les habría parecido extraño ponerle nombre a algo que simplemente era la forma normal de relacionarse con las cosas. Una chaqueta se arreglaba. Un jersey se heredaba. Los zapatos iban al zapatero antes que al contenedor. No era una cuestión de nostalgia ni de activismo medioambiental. Era puro sentido común. El objeto todavía tenía algo que ofrecer y nadie veía motivos para sustituirlo.
Hoy hacemos exactamente lo contrario. Cambiamos de teléfono aunque funcione perfectamente. Renovamos el sofá porque el color ya no aparece en Pinterest. Compramos una chaqueta porque un algoritmo ha decidido que el beige del año pasado ya no es exactamente el beige correcto. Pero en Pole Pole Fashion queremos darle un giro a todo esto.
En suajili, Pole Pole significa "despacio". Pero sería un error entenderlo únicamente como una invitación a reducir la velocidad. La lentitud, por sí sola, tampoco tiene demasiado mérito. Un atasco también es lento y nadie lo considera una experiencia transformadora 😅.
Pero hay muchas cosas en la vida que llevan tiempo: aprender un oficio, c
construir una amistad, preparar un buen cocido, leer una novela o diseñar una prenda destinada a acompañarte durante años.
Porque tal vez el progreso no consista en hacer las cosas cada vez más deprisa. Tal vez consista, simplemente, en volver a decidir cuáles merecen hacerse despacio. ¿Qué piensas?
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