Hubo un tiempo en el que bastaba con tocar una prenda para saber si era buena. Nuestras abuelas no hablaban de gramajes, certificaciones ni composiciones textiles. Simplemente sabían distinguir un buen lino de uno mediocre, una lana que acompañaría varios inviernos de otra que acabaría llena de bolitas antes de terminar la temporada.
Hoy ocurre justo lo contrario. Nunca habíamos tenido tanta información sobre moda y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a lo único que realmente determina la calidad de una prenda: el material con el que está hecha. Yo misma que siempre amé la moda, no ha sido hasta que lanzamos Pole Pole Fashion que empece a entender mucho mejor sobre tejidos.
Creo que la mayoría de consumidores compran la ropa por el diseño, por el precio o simplemente por una fotografía en Instagram. Y claro, después nos sorprende que una camisa pierda la forma tras tres lavados, que un jersey deje pelusa o que unos pantalones se deformen en pocos meses.
Por ello, en el artículo de hoy quiero darte algunos tips para que tus próximas compras sean más inteligentes ;)
No existe el tejido perfecto. Existe el tejido adecuado para cada situación.
Una chaqueta confeccionada íntegramente en lana merino puede ser extraordinaria para el invierno y completamente inadecuada para una tarde de agosto. Del mismo modo, un lino ligero es insustituible durante el verano, pero probablemente no sea el mejor compañero para una jornada bajo cero.
Lo que convierte un tejido en excelente no es únicamente su composición. También importa la longitud de la fibra, la calidad del hilado, el gramaje, la forma en la que ha sido tejido y, sobre todo, el uso para el que fue diseñado.
Una camisa barata puede indicar "100 % algodón" en la etiqueta y, aun así, deteriorarse rápidamente si las fibras utilizadas son cortas o de baja calidad. Mientras tanto, otra confeccionada con algodón de fibra larga conservará su aspecto durante muchos años. Si te interesa saber más sobre cómo saber si el algodón es de calidad, te invito a leer este artículo.
Las fibras naturales llevan acompañando al ser humano miles de años, y siguen existiendo porque pocas innovaciones han conseguido superar algunas de sus propiedades.
Son tejidos que respiran, regulan la temperatura y envejecen con dignidad.
Precisamente por eso siguen siendo la referencia sobre la que se compara cualquier nuevo tejido. Pero, ¿cuáles son la fibras naturales? Te cuento.
Pocas fibras representan mejor la filosofía de vestir despacio que el lino.
Es uno de los tejidos más antiguos utilizados por la humanidad y, paradójicamente, continúa siendo uno de los más modernos. Su capacidad para absorber la humedad, permitir la circulación del aire y soportar temperaturas elevadas hace que siga siendo una de las mejores elecciones para climas cálidos.
Pero el lino tiene otra virtud que suele pasar desapercibida. En lugar de deteriorarse con los lavados, mejora.
Cada uso lo vuelve ligeramente más suave sin perder resistencia. Es un tejido que adquiere personalidad con el tiempo, algo bastante raro en una industria acostumbrada a fabricar prendas que envejecen demasiado deprisa.
Sus arrugas también han sido injustamente juzgadas. Durante años se consideraron un defecto cuando, en realidad, forman parte de su carácter.
Pocas palabras aparecen más veces en las etiquetas de la ropa que "algodón". Sin embargo, esa información por sí sola dice muy poco.
Existe algodón excelente y existe algodón mediocre.
La diferencia suele encontrarse en algo que el consumidor rara vez ve: la longitud de la fibra.
Los algodones de fibra larga —como el Pima o el Supima— producen hilos más resistentes, suaves y duraderos. Tienden a hacer menos bolitas, conservan mejor el color y soportan muchos más lavados sin deformarse.
Por el contrario, un algodón de baja calidad puede perder rápidamente su estructura, incluso aunque la etiqueta indique orgullosamente "100 % algodón".
La composición importa. Pero la calidad de esa composición importa todavía más.
Cuando pensamos en lana solemos imaginar un jersey grueso para los meses más fríos. Pero no tiene que ser un jersey grueso. La lana es uno de los reguladores térmicos más eficaces que existen en la naturaleza. Conserva el calor cuando hace frío y ayuda a mantener una temperatura estable cuando el ambiente se vuelve más cálido.
Por eso la lana merino puede utilizarse incluso durante gran parte del año.
Además, absorbe la humedad sin generar sensación de humedad, resiste los olores durante más tiempo y recupera su forma con una facilidad sorprendente.
Quizá por eso continúa siendo una de las fibras favoritas de quienes diseñan prendas destinadas a durar décadas.
La seda lleva siglos asociándose al lujo, aunque pocas veces se explica el motivo.
La seda combina una ligereza extraordinaria con una resistencia muy superior a la que aparenta. También regula bastante bien la temperatura y proporciona una caída difícil de reproducir con fibras artificiales. Es delicada pero cuando se cuida correctamente puede acompañar durante muchos años. Y quizá esa sea la mejor definición del lujo: No aquello que cuesta mucho, sino aquello que permanece.
Si tuviéramos que elegir la fibra natural más infravalorada, probablemente sería el cáñamo.
Durante décadas quedó relegado a un segundo plano por razones más culturales que textiles. Sin embargo, mucho antes de que la sostenibilidad se convirtiera en argumento de venta, el cáñamo ya ofrecía algunas de las propiedades que hoy busca cualquier consumidor exigente.
Es extraordinariamente resistente, necesita mucha menos agua que el algodón para cultivarse y apenas requiere pesticidas. Además, sus fibras soportan el paso del tiempo con una facilidad sorprendente.
Quien ha tenido una camisa de cáñamo suele repetir.
No porque sea un tejido llamativo, sino porque envejece con dignidad. Igual que ocurre con el lino, los lavados no lo debilitan; al contrario, lo suavizan poco a poco sin que pierda estructura.
No todas las fibras modernas son enemigas de la naturaleza. De hecho, algunas nacieron precisamente para solucionar algunos de los problemas de la industria textil.
El Tencel —nombre comercial del Lyocell— se fabrica a partir de pulpa de madera procedente, generalmente, de bosques gestionados de forma responsable. Su proceso de producción reutiliza gran parte del agua y los disolventes empleados, reduciendo considerablemente el impacto ambiental respecto a otros tejidos.
Me encanta porque es suave, transpirable y ligera. Y tiene una caída elegante que recuerda, en cierto modo, a la seda.
En Pole Pole Fashion creemos que la calidad empieza mucho antes del diseño. Empieza en la elección de la materia prima.
Un buen patrón puede realzar una prenda. Una buena confección puede mejorar su acabado. Pero si la fibra elegida no es capaz de resistir el paso del tiempo, todo lo demás pierde parte de su sentido.
Por eso damos prioridad a materiales naturales que destacan por su resistencia, su comodidad y su capacidad para envejecer con elegancia.
El lino ocupa un lugar especial en nuestras colecciones por su frescura y durabilidad. El algodón de calidad aporta suavidad y resistencia para el uso diario. La lana, cuando la estación lo requiere, ofrece un equilibrio difícil de igualar entre confort y rendimiento.
Nuestro criterio nunca es seguir una tendencia sino que es fabricar ropa que siga teniendo sentido muchos años después de haber salido del taller.
Durante mucho tiempo nos enseñaron que comprar bien significaba encontrar el mejor precio. Después nos convencieron de que comprar bien era seguir la última tendencia. Quizá ha llegado el momento de recuperar una idea mucho más sencilla: comprar bien es elegir algo que merezca seguir formando parte de nuestra vida dentro de unos años.
Las fibras naturales no son una garantía absoluta de calidad, pero sí suelen ser un buen punto de partida. Nos obligan a mirar más despacio, a leer la etiqueta, a tocar el tejido y a preguntarnos cómo envejecerá esa prenda. En una época en la que casi todo parece diseñado para ser reemplazado, elegir materiales que resisten el paso del tiempo es una forma silenciosa de ir contracorriente.
Al fin y al cabo, la verdadera sostenibilidad no empieza cuando reciclamos una camiseta. Empieza mucho antes: en el momento en que decidimos comprar una prenda que no necesitaremos sustituir dentro de unos meses.
Y quizá esa sea la mayor diferencia entre consumir ropa y construir un armario. Porque un armario no se llena de prendas. Se llena de historias, de viajes, de inviernos, de veranos y de recuerdos que permanecen cosidos a cada tejido.
La próxima vez que tengas una prenda entre las manos, antes de mirar la marca o el precio, hazte una pregunta: ¿quiero llevar esto solo esta temporada o espero seguir poniéndomelo dentro de diez años?